Tras el temporal de febrero, pasamos tres días en Gondramaz, en el corazón de las Aldeias do Xisto
Hay viajes que se planean y otros te llaman. Éste es de los últimos. Cuando recorrí la mayor parte de las Aldeias Históricas de Portugal, hace un par de años, me topé con otro tipo de Aldeias diferentes, más pequeñas y ocultas que las anteriores. Al hablarme de hacer un viaje a ellas, me vino a la mente enseguida la información que en su momento había quedado olvidada. Pasar tres días en el corazón de Portugal y más concretamente en la Sierra de Lousã donde se encontraban la mayor parte de estas Aldeias, me apetecía.
Las últimas semanas el centro de Portugal había sido castigado por un temporal duro, persistente, de esos que dejan cicatriz: carreteras cortadas, árboles arrancados, laderas abiertas, ríos desbordados, riachuelos crecidos, pantanos rebosantes y mucho dolor de gente que ha visto sus casas inundadas por las crecidas. Y fue precisamente después de todo eso cuando decidimos salir desde Badajoz rumbo a Gondramaz, una de las Aldeias do Xisto de la Sierra de Lousã. Y, lógicamente, decidimos hacer el viaje en coche. Ir en moto hubiera supuesto un auténtico desafío inconsciente. Buscábamos desconexión, fotografía y naturaleza en estado puro. Sin embargo, encontramos mucho más que eso.
Salimos el sábado, no muy temprano, tras desayunar unas riquísimas migas en El Venero. Nada más salir de Badajoz, cruzamos la frontera portuguesa por la carretera de Campomayor, esa que hemos recorrido cientos de veces. Estaba muy rota por las lluvias, demasiados agujeros que hacen que tengas que ir con mil ojos para no meter la llanta en alguno de ellos. Sin embargo, pasar Degolados y ver cómo está el campo de bonito, no tiene precio. Es una maravilla rodar por las carreteras portuguesas con esos paisajes. Las charcas a rebosar y los riachuelos corriendo como nunca.
Nuestro destino era la Sierra da Lousã, cercana a la ciudad de Coimbra, donde se ubican doce de las veintisiete denominadas Aldeias do Xisto. Todas en el centro de Portugal, muy lejos de las playas doradas del Algarve, del bullicio de la Lisboa cosmopolita y del ruido económico de Oporto. Aquí solo hay un paisaje esculpido por el hombre en tiempos mucho más difíciles que los que tenemos ahora: son las Aldeias do Xisto.
Las Aldeias do Xisto. Un poco de historia
Hubo un tiempo en el que la vida en el centro de Portugal (al igual que en el interior de Extremadura) era solo para personas humildes con una fuerza y una vocación increíble. Esas personas eran pastores y agricultores que tuvieron la necesidad de levantar hogares desafiando la verticalidad de las Sierras de Lousã y Açor. Esos hogares creados con piedras, sin cemento, hechas por esos hombres solo apilando piedras con sus manos en zonas montañosas, aisladas y de muy difícil acceso. El material que usaban era el que les daba la naturaleza, una roca dominante en la zona denominada esquisto (xisto en portugués) y con las que las casas se integraban perfectamente con el entorno. De ahí nacieron todas y cada una de ellas. Y todas tienen el mismo aspecto. Su aislamiento del exterior era su protección… y su condena. Así que ya sabemos de dónde viene el nombre de Aldeias do Xisto. Y no, Xisto no era el nombre de nadie importante de la zona. Nos ha recordado mucho a nuestras queridas Hurdes extremeñas, en todo.
Las Aldeias han estado mucho tiempo abandonadas. La industrialización y migración de la población hacia las ciudades en el siglo XX hicieron mucho daño en el corazón de esas aldeas. Se volvieron pueblos fantasma. Sin embargo, con la llegada del siglo XXI comenzó un proceso de recuperación impulsado por iniciativa privada y pública. Se restauraron, y se restauran, muchas viviendas. En algunas Aldeias, casi todas y, en otras, se va más lento. Se arreglaron los accesos para que la gente pudiera ir a visitarlas y ya en la mayoría se puede ver los carteles de alojamientos. Hoy día son un destino para personas que buscan desconectar, huir del bullicio de la ciudad y de la monotonía del diario y disfrutar de la naturaleza. De una naturaleza antigua pero mezclada con la modernidad, donde la piedra y la conexión wifi se unen.
Sorpresas del camino
Pero volvamos a nuestro viaje. Recorrimos parte de la IC8, pasando por los Pedrógão (Pequeno y Grande) hasta desviarnos hacia Castanheira de Pera. Allí paramos en la Igreja Matriz de Castanheira que era bastante llamativa, justo al lado de un cementerio muy curioso por las esculturas funerarias que tenía. Durante el trayecto comenzamos a disfrutar de la naturaleza y, sobre todo, asombrarnos de ver los estragos causados por el temporal de semanas anteriores. Cientos de árboles caídos, otros arrancados de raíz del suelo por el vendaval y muchos partidos por la mitad. Nos desviamos un poco de la N236 para ver un lugar que teníamos marcado en la ruta: el Trevim Swing o Columpio de Trevim. Un lugar muy conocido en redes sociales pero con una vista espectacular de Lousã. Hacía un frío que pelaba y un aire terrible pero, aún así, nos bajamos del coche para hacernos unas fotos. ¡Cómo no!
Desde allí hasta Lousã solo había un ratito. Claro sin pensar lo que nos encontraríamos más adelante y que iba a ser algo que iba a condicionar los días que pasaríamos allí. Tomamos la N236 que se supone que era la carretera principal que llega a la ciudad más importante de la zona: Lousã. Allí queríamos ver un par de cosas: el Castelo y el Palácio da Lousã Boutique Hotel, un antiguo palacio del siglo XVIII reconvertido en hotel de lujo.
A pesar del temporal que asoló Portugal, a diez kilómetros de ese, nuestro primer destino, en mitad de la carretera había una valla con una señal de prohibido. Es decir, carretera cortada. No podíamos acceder a Lousã ¡por la carretera principal! Sopesamos qué hacer allí parados en el coche. ¿Qué hacemos? ¿Nos damos la vuelta por otro sitio haciendo una tirada de kilómetros más o hacemos caso omiso y nos adentramos en el tramo que se supone que estaba cortado? Hicimos lo segundo.
Tras sortear la señal, un paisaje desolador. La carretera estaba llena de ramas y tierra. Apreciamos que los troncos de los árboles que habían caído en la carretera ya estaban cortados y apilados en los arcenes. Han debido trabajar duro por aquí para hacer accesible la carretera, pensamos. Aún así, el pensar que podríamos encontrar algo en la carretera nos hizo ser muy cautelosos. Íbamos a 20 km/h, algo acongojados pero disfrutando el momento y las vistas de las muchas cascadas que caían de las paredes laterales de la carretera.
Llegamos con mucha prudencia hasta Candal, la primera Aldeia de Xisto que veíamos. Fue emocionante. Entre lo difícil que era el acceso por carretera y el ver nuestra primera Aldeia, nos animó mucho. Nos bajamos del coche y nos adentramos un poco en ella para empezar a conocerlas. No queríamos perder mucho tiempo allí ya que esa era una de las Aldeias previstas para el día siguiente, pero no pudimos contenernos. ¡Qué cantidad de cascadas bajaban por el pueblo con inusitada violencia! ¡Qué lujo ver tanta agua! Además, el tiempo era medio bueno, se veía algo de cielo azul entre las nubes blancas y eso era muy agradable. Nada hacía presagiar el tiempo que tendríamos los días siguientes.
El paseo por la Aldeia fue corto, lo suficiente para hacernos una idea de cómo sería el resto de ellas. Casas hechas de xisto, la mayoría bien arregladas pero se podía apreciar cómo unos días antes el agua había bajado con fuerza por las callejuelas del pueblo llegando a topar con las puertas de muchas de ellas, seguramente inundándolas por dentro. Unos minutos después, cogimos el coche y seguimos camino.
Cientos de metros después de haber dejado Candal, un ciclista subía en dirección contraria y lo paramos para preguntar. Hizo el favor de sacar el pie del estribo de la bici para atendernos. ¡Qué alivio cuando nos dijo que se podía pasar! Eso sí, con cuidado ya que había gente trabajando quitando los troncos y recogiendo la madera en la carretera. Al menos, no tendríamos que darnos la vuelta. Sin dilación llegamos hasta el Miradouro Sra. da Piedade desde donde pudimos ver una panorámica del Castelo de Lousã. Un castillo al que no hubo forma de acceder después porque todos los accesos estaban cortados. Ni siquiera andando. Lo intentamos por varios caminos infructuosamente.
Ya era mediodía del sábado y habíamos criado hambre. Buscamos un lugar donde comer en Lousã por internet y vimos uno que tenía buena pinta y buenas críticas justo en el centro. Llegamos en unos minutos y aparcamos el coche en la placita que había delante. Era un poco tarde para la hora de comer portuguesa y estaba completo. Casa Velha se llamaba. “Cozinha con Alma” era la frase que acompañaba al nombre del restaurante. Al entrar, preguntamos si habría sitio o si podíamos esperar un poco al menos pero ninguno de los dos camareros a los que preguntamos nos respondió. Nos quedamos un poco cortados, pero decidimos esperar. Algo nos darán de comer, imaginamos.
No fue mucho el tiempo que pasó hasta que un par de mesas quedaron vacías y nos invitaron a sentarnos. ¡Qué pausados son los portugueses! La comida fue tranquila. A nuestro lado, a menos de una cuarta de distancia, una pareja de portugueses. Es típico por allí. Mesas muy juntas pero eso sí, cada uno a lo suyo.
Una vez saciada el hambre que llevábamos, nos dimos un paseo por el pueblo de Lousã, vimos la Igreja Matriz, la Capilla da Misericordia que está justo al lado del Palácio da Lousã Boutique Hotel, adonde entramos para averiguar si tan bonito era como lo habíamos leído. No lo era, ¡era precioso y elegantemente diseñado!. Fue un antiguo Palacio de la Viscondessa de Espinhal, así que tiene todo el esplendor de alta alcurnia portuguesa. Después y, tras un paseo infructuoso buscando un camino que nos llevara al Castillo, abandonamos la idea y pensamos que era hora de ir ya a nuestro hotel que distaba apenas unos trece kilómetros de allí.
Gondramaz
Una de las aldeas más bonitas para nosotros es ésta. Situada cerca de Miranda do Corvo en un entorno natural muy potente de bosques densos de roble, madroños y alcornoques. Además, en esta época del año, está totalmente lleno de musgo y helechos. La arquitectura de las casas es prácticamente completa de esquisto, con calles empinadas y la mayoría de casas restauradas. De hecho, el aparcamiento de la Aldeia, está justo en la parte alta del pueblo, como los de la mayoría de las Aldeias.
Las Aldeias están enclavadas en la curvatura que hace las sierras y están perfectamente alineadas y mimetizadas con ella. En Gondramaz, encontramos casas rurales pertenecientes a un complejo que nació de la visión de unos locos por la bicicleta de montaña que soñaron una oportunidad de negocio rehabilitando las casas para turismo rural. Cada casa del complejo tiene un nombre. La empresa fue fundada en 2012 y actualmente cuenta con siete casas totalmente equipadas de diferentes tipos. De las últimas que han adquirido y rehabilitado, está la casa del escultor Carlos Rodrigues, la cual dividieron en dos casitas y las nombraron como sus respectivos dueños: así nacieron la casa María y la casa Carlos.
En esta última nos alojamos, una preciosa casita de dos plantas con ventanales inmensos de suelo a techo que daban a la montaña y a la magnífica piscina infinita que compartían las dos casitas. En la planta de abajo se disponía un salón con cocina americana y una preciosa chimenea. Además, un porche para, en época de mejor tiempo, poder disfrutar del aire libre. En la planta de arriba, un gran cuarto de baño y una habitación enorme con el mismo ventanal que abajo. Las vistas a la montaña desde la cama eran increíbles. La pena es que los dos siguientes días, la niebla apenas dejaba ver los árboles de la sierra.
Dejamos el equipaje y apreciamos que tenían todo dispuesto en la chimenea para encenderla. Así, durante todos los días. Por la mañana al hacerte la limpieza de la casa en el momento en que ibas a desayunar, te la preparaban para que la tuvieras lista de nuevo para ese día.
Justo enfrente de la casa, había un restaurante que regentaba una señora mayor portuguesa. Entramos para reservar la cena para un poco más tarde, no fuera a ser -como así ocurrió- que la cosa se complicara para cenar. Justo la vez que nosotros, llegó una pareja británica típica -caras blancas y cachetes enrojecidos- que buscaban también sitio para cenar pero que no se comunicaban bien con la señora portuguesa. Ni unos hablaban portugués ni la otra inglés. Fue muy gracioso. Coincidimos con ellos en el desayuno del siguiente día, desayunando cervezas y vino y quizás, solo quizás, los mofletes colorados se debieran a eso. El restaurante rústico de la señora era lo único que había allí en Gondramaz y nosotros no habíamos comprado nada para hacer de cena en la casa.
Nos dimos un pequeño paseo por el pueblo antes de descansar en la casa un poco para la cena. Llegamos después al restaurante y tras “discutir” algo con la señora, que no se acordaba que habíamos reservado, nos sentó en la única mesa vacía que quedaba de las siete que tenía el restaurante. Eran siete pero en cada una se podían sentar al menos cinco personas. La señora tenía un carácter un poco… digamos recio. En portugués cerrado nos dijo que solo podíamos cenar chanfana. ¡Ah, que bien!, pensamos. No teníamos ni idea de lo que era aquello pero tuvimos que aceptar sí o sí si queríamos cenar. Con eso, me recordó a aquellos años en los que tu madre te decía, para cenar hay esto, si quieres bien y si no a la cama. Pues igual.
La chanfana es un plato regional muy típico de Beira, cocinado en cazuela de barro y muy usado en Miranda do Corvo. Básicamente es carne de cabra, vino tinto, algo de carne de cerdo, ajo, perejil, sal y guindilla y se cocina al horno de leña. Vamos, ligerito para cenar. Cada vez que pasaba por la mesa, la mujer iba bajando tu tono…recio… para ir ofreciéndonos otras cosas con menos carácter del que había tenido anteriormente. Así, pude sacarle una sopita de legumes para antes del plato de chanfana que me vino de maravilla y una cerveza Super Bock negra que estaba super rica. Eso antes de traernos el platazo de barro con la chanfana. De allí a la cama directamente y casi rodando.
A la mañana siguiente, el desayuno lo servían en una casa diferente a la que estábamos. Era una casa general para todas las casitas del complejo y allí se reunían todos los huéspedes para desayunar previo formulario donde se indicaba lo que queríamos desayunar. Ese formulario lo rellenamos al hacer el checking online antes de llegar. De hecho lo completamos en el paseo que hicimos en Lousã.
El tiempo no era bueno. Estaba nublado y amenazaba con lluvia. Nos daba igual. Cogimos el coche y comenzamos a hacer la ruta que teníamos diseñada para ver algunas otras Aldeias de la Sierra da Lousã. Las carreteras estaban casi impracticables, pero se podía pasar. Los árboles, cientos, que habían caído sobre ellas, ya estaban cortados y apilados en los arcenes. Hicimos varias paradas antes de nuestra primera Aldeia del día: paramos en un mirador llamado Moldura «Isto é Lousã», en el área de actividades “Terreiro das Bruxas” donde los árboles vestían un manto de musgo de un verde brillante, en la Antiga Casa da Guarda Florestal con varias cascadas alrededor y, por fín, tras esas paradas llegamos a Chiqueiro.
Chiqueiro, Casal Novo, Talasnal y Candal
Chiqueiro es una Aldeia pequeña de apenas dos callejuelas donde el tiempo, como en la mayoría, se detuvo hace muchos años. Encontramos una mujer que viviría allí y ni un solo turista, salvo nosotros. La carretera que va a Chiqueiro no tiene salida con lo que tuvimos que volver sobre nuestras rodadas para coger el desvío que nos llevaría a Casal Novo.
En cada Aldeia tienen un cartel amarillo, con el nombre de la Aldeia y una pequeña descripción y el plano de la Aldeia, además de un mapa completo de la zona de Portugal donde puedes apreciar donde estan situadas todas las Aldeias para orientarte. En el mismo cartel tienes la información de lo que puedes ver allí y las rutas disponibles. Hay que decir que necesitas estar en buena forma física para andar por las Aldeias ya que, aparte del desnivel que diseña la sierra donde está enclavado, hay muchas que tienen escalones bien altos para salvar ese desnivel. Una cosa que me llamó mucho la atención es el diseño del hito de las Aldeias situado en las carreteras. Me encantó. De pronto empezó una ligera lluvia que ya nos acompañaría durante todo el día.
De Casal Novo, nos fuimos hasta la Aldeia más conocida de las de la Sierra de Lousã: Talasnal. Puede que sea la que le ha dado mayor visibilidad a la zona y quizás se deba a su tamaño y distribución o, probablemente, a que tiene más zonas de restauración que ninguna. Se puede aparcar en una gran zona arriba de la Aldeia pero también hay lugares con plazas de aparcamiento pegados a la entrada. Al igual que todas, usa la cresta de la sierra para que las casas desafíen el equilibrio en la gran pendiente de la sierra. Era temprano para comer y aprovechamos para tomar un refrigerio en el bar-restaurante-museo La Esplanada antes de seguir. Hay miles de objetos allí dentro del bar, desde cientos de llaves, hasta cualquier objeto de principios del siglo pasado. El tiempo no acompañaba y ya íbamos con algo de hambre.
No nos quedamos a comer allí porque teníamos visto del día anterior un restaurante en Candal que nos quedamos con ganas y decidimos esperar y hacer por llegar con hora para comer allí. Tuvimos mucha suerte porque había una mesa libre -sin reserva- aunque, al igual que nos pasó con la cena, solo tenían un plato para comer. Otro día sin elegir. El plato era un plato espectacular de carne con patatas y castañas típico de la zona, cocinado al horno de leña. Un plato de los mejores que hemos comido ¡y de los más contundentes!. Una cosa nos llamó mucho la atención y era que solo había un chico atendiendo, de nuestra edad o quizás más joven. Era multitarea: camarero, cocinero, limpiador, etc. Todo lo hacía él solo y en el restaurante había más de 25 personas a las que atender. Tuvimos que esperar algo de tiempo pero nada exagerado, mientras hablábamos y veíamos como se manejaba aquel hombre. Estábamos asombrados. Además no había ni wifi ni cobertura, así que tuvimos que hablar entre nosotros y ver las fotos que habíamos hecho durante la mañana.
Nos teníamos que mover, la comida había sido muy contundente y encima, añadimos el postre que era típico de allí. Se llamaba tigelada que es como un pudin cremoso de huevos servido en cazuela de barro. Ya lo habíamos probado en la cena de la noche anterior y nos encantó, así que repetimos. Era eso o dulces de conventual. Elegimos la tigelada.
Aprovechamos después para hacer una visita más profunda a Candal de lo que lo hicimos el día anterior y vimos que es otra Aldeia que está en restauración. Hay muchas casas como alojamiento pero otras aún están por preparar. Subimos hasta la parte de arriba y visitamos el mirador que no había que perderse para ver las vistas de la Aldeia. ¡Qué cantidad de musgos y helechos había en la zona! Y también agua, mucha agua.
De la ruta diseñada de ese día, solo nos quedaba por ver Cerdeira. Se daba la circunstancia de que Cerdeira fue nuestra primera opción de alojamiento para este viaje. Al final, nos gustó más el complejo de Gondramaz y allí que nos fuimos definitivamente. Cerdeira es una Aldeia grande con buen aparcamiento a cien metros de la entrada y nos pareció muy agradable para poder hacer noche allí. Solo se puede acceder a la Aldeia por un puentecito de madera con lo que es bastante peculiar. Existe allí otro complejo rural como el de Gondramaz, con un bar con restaurante en el centro de la Aldaia aunque, con el tiempo que hacía, no estaba abierto.
De vuelta, antes de llegar a nuestra casita, pasamos por Lousã y nos hicimos acopio de cosas para cenar pues hoy nos apetecía algo más ligero que la chanfana de la noche anterior. La realidad es que nos dio miedo la señora del restaurante y temíamos que aquella noche nos ofreciera para cenar alguna cosa que no nos gustara y nos obligara a comerla. ¡Como para decirle que no!
El tercer día: Fragas de São Simão
El tercer, y último, día completo en la sierra de Lousã amaneció como los anteriores: con niebla y lloviznando. Teníamos prevista una visita para ese día, a unos 80 kilómetros de allí, muy especial. Habíamos visto cosas bonitas pero íbamos en busca de uno de los, catalogados como, lugares naturales más especiales de Portugal: las Fragas de São Simão.
En la ruta hacia ellas, buscamos las carreteras más bonitas y debíamos visitar un par de Aldeias más: Ferraria de São João y Casal de São Simão. En la primera ni paramos. Desistimos por la niebla y la lluvia. Si conseguimos parar en la segunda, en el parking justo a la entrada. Estaba lloviendo pero nos daba igual, cogimos un pequeño paraguas que llevaba, más los chubasqueros y nos fuimos a buscar las pasarelas de madera que saldrían seguramente de la parte baja de la Aldeia. Cruzamos las callejuelas y las encontramos rápido. Las vistas antes de empezar la caminata eran espectaculares. En las Fragas de São Simão encontraríamos una zona de desfiladero, con miradores, pasarelas de madera y una playa fluvial. Las pasarelas conectan el mirador de las Fragas de São Simão con la aldea de Casal de São Simão, atravesando el fondo de la garganta de la Ribeira de Alge, en un recorrido diverso. Según lo que leímos, en total se recorren 1,7 km y se puede tardar unos 45 min en hacerla con una dificultad media.
Sin embargo, apenas habíamos recorrido veinte metros de bajada, comenzamos a ver enormes troncos de árboles caídos que habían cortado el sendero que bajaba hasta las primeras pasarelas. Pasamos con dificultad el primero pero unos metros después, un tronco de más de un metro de ancho cortaba de nuevo el camino. Era imposible acceder y, por lo que vimos después, era una misión imposible. Veíamos el gran mirador y las pasarelas enfrente en las rocas del desfiladero y pensamos que, quizás, podríamos alcanzar aquel punto tan alto yendo por el otro lado de la carretera. Dedicamos un rato a ver la Aldeia que nos pareció preciosa y muy bien restaurada pero estábamos con la idea de que no se nos hiciera muy tarde para ir a nuestro objetivo. Había incluso un restaurante con una pinta espléndida, pero estaba cerrado.
Volvimos sobre nuestros pasos en dirección al coche y justo donde habíamos aparcado había unos carteles indicando la dirección para visitar una Ermita y miradores. ¿Qué hacemos? Hay niebla pero ya que estamos aquí no perdemos nada, pensamos. Era una subida durilla, no muy larga hacia la ermita. Estaba cerrada. Seguimos subiendo pasada la ermita por unos escalones esculpidos en la tierra flanqueados por unos troncos que, por la lluvia temíamos resbalar y hacernos daño. Así que subimos con cuidado. Al llegar arriba, lo que vimos fue espectacular: el Miradouro de la Ermida de São Simão, que se enfrentaba al otro Mirador que estaba en el otro lado del desfiladero. La niebla no dejaba ver bien pero aún así, el sonido del rugir de las aguas de la ribera, daba miedo. En días claros, debe ser una maravilla el espectáculo. De hecho, hay un vídeo en la página oficial que podéis ver lo que os describo: https://www.fragasdesaosimao.pt/.
Necesitábamos ir al otro lado y esperar que levantara un poco la niebla para poder ver aquella maravilla. Cogimos el coche con ganas y nos dirigimos al otro lado. A medio camino hicimos una parada en el puente de la ribera solo para ver el caudal de agua que llevaba. ¡Era impresionante! Seguimos unos metros más con el coche y llegamos al aparcamiento que hay desde donde salen las pasarelas de las Fragas. La niebla había dejado su lugar a una llovizna fina pero persistente, pero daba igual. Las vistas desde allí eran magníficas, aún sin sol, del desfiladero y de los miradores. Enfrente estaba el otro donde habíamos estado unos minutos antes. Estando allí haciendo fotos nos dimos cuenta del desastre. El temporal había roto gran parte de las pasarelas y estaba cortado el acceso a ellas y, por tanto, la ruta de las Fragas estaba imposible. Fue una lástima aunque la madera y la lluvia no eran buena compañía ese día, resbalaban mucho y no hubiera sido buena idea recorrerlas.
Era mediodía y había hambre de nuevo. Nos fuimos hacia Penela. Como teníamos prevista la visita al Castillo de Penela, por el mal tiempo decidimos buscar un sitio antes para comer. Entramos en una tasca típica portuguesa pero solo tenían bocadillos y no nos apetecía. Al salir, en la puerta, un par de aldeanos nos dieron información de un restaurante cercano: el D. Sesnando. Fue un acierto, comimos sobradamente bien acabando con un postre riquísimo. Era lo que necesitábamos.
El paseo por el Castillo no fue agradable por el tiempo y tampoco nos pareció que fuera un espacio para recrearse más tiempo del necesario para echar un vistazo. Lo más destacado es la muralla rotunda de cerca elíptica que está reforzada por numerosos torreones casi todos de planta cuadrangular. Al lado del castillo, se encuentra la Cámara municipal, bien reformada como casi todo lo que hacen los portugueses. Volvimos a nuestra casita y el día lo acabamos con una tarde tranquila al fuego de la chimenea y una cena algo más ligerita que la de la noche anterior.
El cuarto y último dia
El cuarto día amaneció con niebla de nuevo. ¡No veíamos el sol desde que llegamos! Fuimos a desayunar como cada mañana a la zona de restauración del complejo y vimos que podríamos dar un paseo por la parte de atrás de la Aldeia. La niebla iba dando paso a nubes altas y por momentos el cielo lucía claros dejando ver algunos rayos de sol que se agradecían. El camino comenzaba en un sendero a la entrada y daba la vuelta a una pequeña parte de las casas. En apenas cien metros el sendero moría en el camino. Un camino que serpenteaba la sierra llamado Ferraria-Gondramaz-São Simão. Anduvimos como una hora y poco por el camino disfrutando de un silencio espectacular. No retrasamos mucho la vuelta pues debíamos coger el coche para retomar el camino a Badajoz acabando, por ahora, nuestro periplo por las Aldeias do Xisto, al menos las de la Sierra da Lousã.


